Durante mucho tiempo dejé mis sueños en pausa por trabajar y ayudar en casa; siempre decía “algún día” para viajar, estudiar algo que me guste o aprender música. La semana pasada encontré una libreta vieja donde había escrito mis metas a los 20 y me dio tristeza ver cuántas seguían intactas. Ese día entendí que la vida no avisa cuándo se acaba el tiempo, así que me inscribí en un curso nocturno aunque tenga miedo y sueño.
Vivo cansada de sostener a mi hermana y a su esposo, porque ninguno de los dos quiere hacerse responsable de su propia vida; siempre hay una excusa para no trabajar o para pedirme dinero “prestado” que nunca vuelve. Mi casa se volvió su comodidad y mi paciencia su costumbre. Los quiero, pero ya no los soporto cuando actúan como si yo les debiera algo.
Tengo un hijo de 8 años que convierte cualquier día cansado en risa; ayer me preguntó si cuando yo era niño también me mandaban a dormir temprano “o eso empezó recién con él”. A veces lo escucho hablar con su abuela y responderle con una lógica tan seria que dan ganas de grabarlo. Yo llego preocupado por el trabajo, pero él sale con alguna ocurrencia y se me olvida el estrés.
Cometí muchos errores cuando era más joven; perdí estudios, amistades y hasta la confianza de mi familia. Durante un tiempo pensé que ya estaba marcado por mis fallas, pero un día mi padre me dijo que equivocarse no te define, quedarte ahí sí. Empecé de nuevo con trabajos pequeños y metas simples, y aunque avanzo lento, ahora duermo tranquilo. Entendí que las segundas oportunidades no las da la vida, las construye uno mismo.
Siempre pensé que los amigos eran solo para los buenos momentos, hasta que perdí mi trabajo y varios dejaron de llamarme. Solo uno se quedó, invitándome a caminar para que no me encerrara en mi tristeza y compartiendo su almuerzo cuando sabía que yo estaba corto de dinero. No me dio grandes discursos ni soluciones mágicas, solo presencia, y ahí entendí que la amistad verdadera no es la que celebra contigo cuando subes, sino la que se sienta a tu lado cuando caes.
Tengo 52 años y sigo trabajando aunque mi cuerpo ya no rinde igual, porque mis hijos, que ya son adultos, aún dependen de mí y gastan su dinero sin pensar en mañana. A veces me piden ayuda como si fuera mi obligación eterna, pero pocas veces preguntan cómo estoy yo. Los amo, son mis hijos, pero duele ver que no aprendieron el esfuerzo que me costó criarlos. Mi mayor tristeza no es el cansancio, es sentir que no los preparé para la vida sin mí.
Hola, hace un tiempo comenzó a gustarme mi mejor amiga y es confuso ya q nunca me había sentido atraida por las mujeres hasta hace poco, q creen q debería hacer??
¿Hay alguien de mi secreto aquí?
Hay gente vivaaaaaa?
Ah estoy muy enamorada de un hombre que está muy enamorado de mí, un hombre que es perfecto, tal y como yo lo soñaba, no puedo ser más afortunada de tenerlo en mi vida, mi compañero, todo es perfecto con el, me he vuelto adicta a su amor, no tengo que decir “ojalá duremos para siempre” porque estoy segura que así será
Sonará muy tonto, pero el verlo empatizar con unas abejas que se ahogaban en un agua de horchata, diciendo “me dieron tristeza las abejas que se estaban ahogando”, PARA MÍ lo dice todo, él es la decisión correcta
Jugaba fútbol los domingos en el parque de Santiago, con mis amigos de siempre. Un día, mi hijo de 8 años, que me veía desde la banca, decidió unirse. "Papi, quiero jugar", dijo con esos ojitos. Lo dejé entrar, y el partido siguió. De repente, él robó la pelota y anotó un golazo, gritando como loco. Todos aplaudieron, yo lloré de orgullo. Ese momento, con su sonrisa, me recordó por qué lucho tanto. Ahora, cada vez que jugamos juntos, sé que le estoy enseñando más que fútbol; le estoy dando raíces.
Trabajo en una fábrica de autopartes aquí en Japón. El silencio es absoluto, nadie habla, son robots. Me sentía más solo que un hongo. Ayer, mientras acomodaba cajas, escuché un silbido bajito: era una cumbia de mi tierra. Me di vuelta de golpe y vi a un chico nuevo guiñándome el ojo. No hizo falta decir nada. Saber que hay otro "paisano" acá adentro me devolvió el alma al cuerpo.
Saqué una foto hermosa en el viaje: yo en la playa al atardecer, sonriendo de verdad por primera vez en meses. La miré en el celular y pensé “esta sí la subo, que todos vean que estoy bien”. Pero al final la guardé en “ocultas”. No sé por qué, quizás porque esa sonrisa era solo mía, no para likes ni comentarios.
A los 21 recibí un audio a las 2 a.m. Era mi mejor amiga, llorando, diciendo que no podía más con la universidad ni con su casa. Me quedé despierto escuchándolo una y otra vez, sin saber qué decir. Al final solo respondí: “no estás sola”. Al día siguiente me abrazó más fuerte que nunca.
Todos los días, el mismo colectivo a las 7:15. Yo subo, él baja. Un intercambio de miradas y un asiento aún tibio. Durante meses, fue nuestro único contacto. Ayer, él bajó y, en vez de seguir, se giró. "Me cambian el turno", dijo, casi al pasar. "Que tengas buen viaje". ¿Deberia reportarlo?
un día mi hermano y yo quisimos destapar el desagüe de la casa porque mi mamá no estaba; vimos en internet que con bicarbonato y vinagre funcionaba, pero él dijo que “más es mejor” y echó medio kilo. Nos quedamos mirando el tubo como científicos hasta que empezó a burbujear fuerte y de pronto el desagüe explotó como volcán, lanzando agua sucia por todos lados. Gritamos y corrimos, pero mi hermano se resbaló y terminó sentado en el piso todo mojado. Cuando llegó mi mamá, la cocina era un desastre y nosotros parecíamos sobrevivientes de una batalla… desde ese día tenemos prohibido “arreglar” cosas solos.
quise sorprender a mi familia cocinando arroz con pollo sin saber casi nada; seguí un video, pero confundí cucharada con cucharón y le eché sal como para todo el barrio. Cuando lo serví, todos tomaron agua al mismo tiempo y trataron de no reírse, hasta que mi abuela dijo que ese arroz curaba la presión baja. Me dio vergüenza, pero terminamos riendo y desde ese día cocino mejor… midiendo bien la sal. 😄
Tengo 22 años y siempre pensé que la amistad era solo pasarla bien, hasta que la vida se me puso difícil y casi todos se alejaron. El único que se quedó fue mi amigo de colegio, el que conocía mi peor versión y aun así me llamaba para saber si estaba bien. No tenía dinero para ayudarme ni grandes palabras, pero su compañía en mis días malos valió más que todo. Ahí entendí que un amigo de verdad no es el que está en las fiestas, sino el que se queda cuando nadie más quiere quedarse. 🤝
Pensé que éramos intensos porque nos necesitábamos. Hablábamos todo el día, nos reclamábamos todo el tiempo. Cuando se fue, sentí alivio antes que tristeza. Ahí entendí que no estaba enamorado, estaba acostumbrado al caos.