30 años
Bolivia
Conducía mi viejo carro por una carretera de montaña en los Andes, una bajada pronunciada y llena de curvas cerradas. Iba rápido, confiado, hasta que un camión cargado de madera se cruzó sin avisar. No me dio tiempo de reaccionar. Pisé el freno hasta el piso, pero solo escuché un chirrido inútil. Vi el metal deformarse, el parabrisas explotar en mil pedazos, y el rostro aterrorizado del conductor del camión. Cerré los ojos, esperando el impacto final. El choque nunca llegó. Mi carro se detuvo a dos centímetros de la carga, con los neumáticos reventados y el motor echando humo, pero intacto. El silencio que siguió al estruendo de los frenos fue ensordecedor. Salí temblando.