25 años
Perú
En el último año de la facu dibujaba retratos en los márgenes de los apuntes para no dormirme en clases. Uno era de mi novia de ese entonces: ojos grandes, sonrisa torcida, el pelo cayéndole en la cara. Lo empecé en una clase de estadística, pero nunca lo terminé porque discutimos fuerte esa misma noche y cortamos. Guardé la hoja arrugada en un cajón. Años después, sola en mi pieza, la saqué y vi que solo tenía medio rostro. Me dio risa y tristeza al mismo tiempo. La terminé esa tarde, agregándole arrugas que no tenía, canas que todavía no llegaron. Ahora está pegada en la heladera, como un recordatorio de que las cosas a veces se completan solas, mucho después.