21 años
Colombia
Esa noche salí con paraguas, aunque no estaba lloviendo. No era por precaución… era por si volvía a quebrarme en medio de la calle. Guardé su último mensaje durante meses. Sabía que si lo abría, algo en mí se iba a terminar de romper. Cuando por fin tuve el valor, solo decía: “Perdón por irme sin despedirme. No supe cómo decir adiós”. Me senté en la banca donde antes reíamos como si nada pudiera salir mal. Ahora estaba vacía. La gente pasaba, hablaba, vivía… y yo ahí, sintiendo cómo el pecho se me hundía en silencio. Doblé el mensaje y murmuré, casi sin voz: —Ojalá te hubieras quedado… aunque fuera un poco más. Ese día entendí algo que todavía duele: no todo el que amas se queda, y no todos los adioses hacen ruido… algunos solo te dejan solo.