21 años

Ecuador

Vendo encebollado los domingos en la vereda para pagar la universidad. Ayer paró un carrazo del año y bajó un señor todo elegante con su familia. Me asusté, pensé que me iban a sacar por no tener permiso. Pero no, pidieron cuatro platos. Se sentaron en los banquitos de plástico bajo el sol, sudando la gota gorda, pero felices. Al terminar, el señor me dejó una propina buenísima y le dijo a su hijo adolescente: "Aprende, ñaño, esto sí es sabor, no como esa comida insípida de tu mamá". Me inflé el pecho de orgullo; ayer me sentí más importante que dueño de restaurante cinco estrellas.

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