18 años
Argentina
Azorado Desdichado yo, que sin saber me adentré yo mismo en lo que alguna vez supe ignorar. Pero al conocer la otra de la moneda, al comer lo ofrecido, me sobrepasé en exceso y soy verdugo de mi propio castigo, porque nadie más que yo, sabe el tortuoso sufrimiento de este irremediable sentimiento que auto inflijo sobre mi persona en todo momento de lucidez. Cuando encuentro la perspectiva positiva en mi vida, vuelvo a recordarme la insufrible realidad a la cual estoy destinado, sin más remedio que naufragar por los siete mares más conocidos, y perderme entre sus olas fosfatadas de gritos y gemidos, para encontrar el claro entre tanta agua turbulenta, el rayo de luz más denso atravesando la tormenta, para así ver el cielo y pedir a él, que en silencio observa las lesiones que me infrinjo, y ver cómo me desmorono pero persevero, porque al final del cuento, ¿qué más vivo que vivir sufriendo? Para recordar nuestra eterna condena por el desobedecimiento, la mortalidad más cruda y realista, porque somos nosotros quienes nos adaptamos a las adversidades impuestas por el mundo. Este suelo al que llamamos Tierra, la misma que nos alimenta y condena, que nos permite tener esperanza y desesperación al mismo alcance, porque pareciera que ella nos escuchase, que supiese de las enseñanzas de Sun Tzu y, teniéndonos ya acorralados, nos muestra un pasillo lleno de trampas que solamente nos dirige a la misma eterna calamidad: la extinción, la transformación final de nuestro ser solo para, de nuestros restos, renacer como el fénix más impío del que seremos testigos