En la librería de viejo del centro compré un libro usado de poesía, uno de esos con páginas amarillas y olor a tiempo. Al abrirlo en casa, cayó una carta doblada: letra de mujer, tinta corrida por los años. Decía: “Querido, si algún día lees esto, sabé que te esperé hasta el último tren. No vine porque no pude dejar de quererte. Perdóname”. No tenía firma, solo una fecha de hace quince años. Me quedé mirando la carta un rato largo, imaginando a esa desconocida esperando en una estación vacía.
Se fue la luz otra vez, cosa de todos los días últimamente. Yo estaba súper molesta en el balcón, pensando en que se me iba a dañar la compra del mes. En eso, Doña Carmen, la vecina de al lado, me grita: "¡Nena, saca el mantecado antes de que se haga agua, que aquí montamos la fiesta!". Terminamos sentadas en la acera, comiéndonos un galón de helado de vainilla medio derretido con galletas y jugando dominó alumbradas con la linterna del celular. En vez de amargarnos por el calor brutal, nos reímos hasta que nos dolió la panza. Aquí, al mal tiempo, buena cara y barriga llena.
Confieso que a los 22 borré un mensaje mil veces. Era para decirle que me gustaba, pero me dio roche. Al final no lo mandé. A los meses la vi feliz con otro y entendí que no pasó nada grave… solo perdí la chance. Desde ahí, cuando siento algo, hablo. Peor es quedarse con la duda.
Recuerdo aquel domingo lluvioso cuando tenía como doce años, en la cocina de mi abuela. Ella, con sus manos arrugadas y llenas de harina, me enseñaba a hacer tamales. "Mija, el secreto está en el cariño que le pones", me decía mientras amasábamos la masa. Yo, impaciente, quería terminar rápido para salir a jugar, pero ella insistía en que cada pliegue de la hoja de maíz era importante. Al final, cuando probamos el primero, caliente y humeante, con ese sabor a hogar que solo ella sabía dar, me di cuenta de que no era solo comida, era su manera de decirme que me quería. Ahora, años después, cada vez que hago tamales sola, siento su presencia, y lloro un poquito, extrañando esos momentos simples que se fueron volando.
En el gimnasio, la misma chica y yo usamos el locker 14 en turnos distintos. Un día dejé una nota: "Tu desodorante de coco hace que este lugar huela a playa. Gracias". A la semana, encontré una respuesta: "El tuyo a pino hace el resto. Saludos, tu turno de la mañana". Ahora nuestras notas son el mejor ejercicio del día.
Cada madrugada, al pasar por su balcón, el viejo de la esquina me silbaba el mismo vals. Era nuestro ritual. Ayer, el balcón estaba vacío. Hoy silbé la melodía hacia arriba, suave. Su viuda asomó, con lágrimas, y sonrió.
Tenía diecinueve y ella dieciocho. Nos conocimos en la biblioteca de la uni, siempre en la misma mesa del fondo. Un día salió lloviendo fuerte y ninguno tenía paraguas. Nos quedamos bajo el alero mirando cómo caía el agua, riéndonos de nada. De pronto se acercó más, me miró fijo y dijo: “¿Y si nos mojamos?”. Corrimos bajo la lluvia como locos, empapados en dos segundos. En la esquina de la calle nos paramos, jadeando, y sin pensarlo la besé. Fue torpe, con gusto a lluvia y nervios, pero el mejor beso de mi vida. Después seguimos caminando de la mano hasta su casa. Al día siguiente nos dimos cuenta de que ninguno había dicho “te quiero” todavía, pero ya no hacía falta. Ese beso bajo la lluvia fue el principio de todo lo que vino después.
Trabajo en un call center y aquí la mayoría pide comida rápida o "delivery" todos los días. Yo, para ahorrar, llevo mi paila con lo que sobra de la cena. Hoy llevaba gallo pinto con queso frito y maduro. Me daba pena abrir el traste porque olía fuerte y pensé que se iban a burlar. La chavala más "fresa" y arreglada de la oficina se acercó arrugando la nariz. Yo ya me esperaba el comentario pesado, pero se quedó viendo mi comida y soltó: "Ideay, qué rico se ve eso, daría lo que fuera por un gallo pinto casero así". Me ofreció cambiarme su hamburguesa cara por mi comida. Al final, lo que yo escondía por pena, resultó ser el verdadero lujo del comedor.
Confieso que todavía me río con esto. Todas las mañanas compraba café en la misma esquina y el señor siempre decía “luego me pagas”. Un día dejó de abrir. Semanas después lo vi en otra cuadra y me gritó: “¡Oye, me debes como diez cafés!”. Los pagué todos y nos reímos. Ahora cada vez que paso, me guiña el ojo y me fía otro.
Mi vecino tiene 84 años y perdió a su esposa el año pasado. No tiene hijos y noté que dejó de cocinar y apenas encendía la luz. Estaba desapareciendo. Así que ahora, cada noche, cuando preparo la cena para mi familia, preparo un plato extra y lo llevo. Nos sentamos en su porche durante 20 minutos y simplemente charlamos. Ayer me dijo que nuestras charlas son la única razón por la que se levanta de la cama. No me cuesta nada más que un poco de comida y tiempo, pero para él significa muchísimo.
Trabajé tres años enteros en la construcción, turnos dobles, domingos sin parar, comiendo lo justo para ahorrar cada peso. El día que junté lo necesario, entré al concesionario con las manos sudadas y el corazón latiendo fuerte. Elegí el rojo 0 km, brillante, sin un solo rayón, olor a nuevo que mareaba. Cuando firmé los papeles y me dieron las llaves, me temblaron las piernas. Lo manejé despacio hasta casa, con la radio bajita y la ventana abierta, sintiendo que por fin había llegado a algún lado. Al estacionar frente a la puerta, mi mamá salió descalza, se tapó la boca y empezó a llorar sin hacer ruido.
Una tarde de verano me escapé sola a la playa cerca de casa, con los pies en la arena tibia y el celular en modo avión. Le conté todo al mar: lo que sentía por él, por qué no se lo decía nunca, cómo me dolía verlo con otra y seguir sonriendo como si nada. Las olas se llevaban mis palabras y yo lloraba bajito, pero al final me sentí más liviana. Volví a casa con la cara hinchada y el pelo lleno de sal. Nunca le conté a nadie lo que pasó esa tarde. Solo el mar sabe, y él guarda secretos mejor que cualquiera.
Estaba en el parque del wifi tratando de ver a mi sobrina recién nacida por videollamada, pero la conexión se me cayó justo cuando mi hermana la enfocó. Me quedé mirando el celular en negro con unas ganas de llorar horribles. Un muchacho que estaba sentado en el banco de al lado, hablando a los gritos con su novia, me vio la cara de angustia. Sin colgar, me hizo una seña y me dictó su clave de internet ahí mismo. "Dale, conéctate rápido, asere, que los megas son para gastarlos en cosas buenas", me dijo. Pude conocer a la beba gracias a ese desconocido. En medio de tanta necesidad, la gente aquí sigue teniendo un corazón gigante.
Confieso que el ascensor cambió mi semana. Vivo en un edificio chico y todos fingimos no conocernos. Un martes se trabó entre pisos y quedé con la vecina más callada. Silencio eterno… hasta que soltó: “¿Sabías que el del 5º vende postres a escondidas?”. Reímos, hablamos de todo y cuando bajamos ya éramos cómplices. Desde ese día, nos saludamos como viejos amigos y el edificio dejó de sentirse frío.
Corrí hasta la parada con el corazón en la boca porque llegaba tarde al examen final. El bus ya estaba arrancando, pero el chofer me vio y frenó un segundo. Subí jadeando, le di las gracias y me senté al fondo. Al lado mío iba una chica con auriculares, mirando por la ventana. No hablamos nada en todo el trayecto. Cuando bajé en la uni, ella me sonrió chiquito y dijo “suerte en el examen”. No sé cómo supo. Saqué un 18 esa vez. Todavía pienso en esa sonrisa de desconocida que me dio alas justo cuando más las necesitaba. A veces un gesto así cambia el día entero.
Me gradué de abogado ayer. La gente piensa que me fui a celebrar a un restaurante fino o a una discoteca. Qué va. Salí de la universidad con el título en la mano y crucé la calle donde está don Pedro, el señor de los "frío frío" (raspados). Ese viejo me vio quemándome las pestañas en la banca de su lado durante cinco años, dándome fiado cuando yo no tenía ni un peso en los bolsillos para la merienda. Cuando vio el diploma, se le aguaron los ojos más que a mí. "Sabía que ibas a llegar, mi hijo", me dijo. Me preparó uno gigante de tamarindo y no me quiso cobrar. Ese brindis, ahí parados en la acera con el calorazo del mediodía, me supo mejor que cualquier champaña francesa.
Confieso que me enamoré de una costumbre. Cada domingo, mi pareja hacía sopa “como la de su mamá”. Al inicio me parecía normal, hasta que entendí que ese era su ritual para no sentirse solo en la ciudad. Yo llegaba tarde del trabajo y ahí estaba: la olla hirviendo, música bajita y él probando la sal con cara seria. Un día falté y me mandó foto de la sopa intacta: “sin ti no sabe igual”. Desde entonces, los domingos son sagrados.
Mi mamá me regaló un collarcito de plata con una virgencita cuando entré a la uni, chiquito y sencillo. “Para que te cuide cuando yo no esté cerca”, me dijo. Lo usé todos los días, hasta que una noche saliendo de la fiesta de un amigo se me enganchó en la remera y se rompió la cadenita. Las bolitas de plata se desparramaron por el piso del colectivo. Me agaché a juntarlas con las manos temblando, pero faltaban dos o tres. Volví a casa llorando bajito. Al día siguiente lo llevé a un joyero del centro para que lo arreglara. Me cobraron barato y me devolvió el collar como nuevo, pero sin las piezas perdidas. Lo guardé en la cajita de madera y no me lo volví a poner. A veces lo miro y pienso que, aunque esté incompleto, sigue cuidándome igual.
El tranque en el Puente de las Américas estaba que no se movía ni un milímetro y yo tenía la entrevista de mi vida en veinte minutos. La desesperación era tanta que me bajé del bus decidido a correr bajo ese solazo. En eso, un señor en un taxi que iba vacío me pitó: "¡Sube, pela'o, que te va a dar un patatús!". Le expliqué que no tenía sencillo para pagarle la carrera completa hasta el centro. El man se rio y me dijo: "Tranquilo, fren, que hoy es por la patria; yo también fui joven y anduve liso". Se metió por atajos que yo ni conocía y me dejó en la puerta del edificio justo a tiempo. Hoy me llamaron para decirme que el puesto es mío. Ojalá me lo tope de nuevo para pagarle, aunque sea el almuerzo.
Confieso que conocí a mi pareja por un error. Le mandé un audio larguísimo quejándome del trabajo… a un número equivocado. Me respondió riéndose y diciendo “ánimo, mañana será mejor”. Seguimos hablando, luego cafés, luego risas. Años después, aún se burla de ese audio y dice que así supo cómo soy de verdad.